La Iglesia de Laos celebra con júbilo a sus mártires

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P. Roland Jacques, OMI

El P. Roland JACQUES, vice-postulador, fue testigo presencial de un hermoso acontecimiento de la vida de la Iglesia de Laos y de la historia de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada.

En Vientián, Laos, en la mañana del 11 de Diciembre de 2016, tercer domingo de Adviento, sólo hubo una misa en todo Laos. La Iglesia del Sagrado Corazón, pro-catedral y único lugar de culto de la capital, Vientián, se hizo más que pequeña ante la afluencia de fieles, llegados de todas las direcciones, que llenaron el aforo de 400 plazas del edificio para luego ocupar cada hueco disponible de los alrededores –el patio de una escuela – y de las calles aledañas. Se habían montado grandes carpas para reunir a la gente y protegerla del sol abrasador. 572-beatification-1Según iban llegando, cada uno recibía un regalo – flores, imágenes y medallas de los mártires. Una atmósfera de paz, alegría y reflexión reinaba desde el inicio mismo del festival, que comenzó con la tradicional procesión de Cristo Rey en las calles de alrededor.

La Iglesia Católica de Laos es muy pequeña, humilde y casi oculta. Hay sólo 4 obispos, 21 sacerdotes y diáconos laosianos, unas pocas docenas de monjas, y algo menos de 50.000 laicos. Su historia no es bien conocida. Implantada gracias al sudor y la sangre de tres generaciones de misioneros, hoy reposa sólo sobre sus propias fuerzas, apoyada sólo por un puñado de sacerdotes de Vietnam y Tailandia. Esto nos muestra hasta qué punto el acontecimiento de este día ha sido algo único, algo inaudito en este pequeño país y en esta jovencísima Iglesia.

El Papa Francisco había enviado al Cardenal Orlando QUEVEDO, que vino desde Mindanao, Filipinas; un hombre humilde y cercano a los más pequeños, al igual que la persona a la que representaba. Con él había otros 15 obispos – desde Laos y Camboya, Tailandia y Vietnam – los superiores generales de las Misiones Extranjeras de París, de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada y del Instituto Voluntas Dei, y más de 150 sacerdotes, entre ellos un gran número venido de Vietnam y Tailandia; los que venían de países occidentales eran apenas unos pocos. El número de feligreses, más de 6.000, superaron las expectativas más optimistas, de entre 3.000-4.000 participantes.

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En las primeras filas de la asamblea había representantes del gobierno y delegados de las religiones reconocidas en Laos, incluyendo protestantes y musulmanes. Estaba también los embajadores de Francia y Alemania y algunos otros diplomáticos. Estaban también presentes los familiares y parientes de algunos de los mártires que habían venido de distintas partes de Laos o Francia. Entre los familiares cercanos podemos citar al arzobispo Tito Banchong, sobrino del catequista Thoj Xyooj; Mons. Louis-Marie Ling, el único superviviente del ataque que se llevó la vida de su primo, el catequista Luc Sy; el P. Yvon L’HENORET, primo de Vicente L’HENORET y también misionero en Laos; las sobrinas de Noël Tanaud y Marcel Denis, M.E.P.. Con esta congregación, uno puede comprender toda la emoción que sobrecogía a todos. Pero había también otras cosas, mucho más importantes que la nostalgia o que mirar al pasado.

Durante la celebración, el Cardenal Quevedo leyó la Carta Apostólica del Papa Francisco declarando “Beatos” a los 17 mártires, y fijando su fiesta para el 16 de Diciembre. Este breve texto subrayaba la fidelidad de estos “heroicos testigos del Señor Jesucristo y de su Evangelio de paz, justicia y reconciliación, al precio de sus vidas.” En su homilía, el representante del Papa, comentando la vida y muerte del Padre José Tiên y compañeros mártires, repitió este tema profusamente.

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Al final de la celebración, para gran asombro de la asamblea, el Director de la Diputación del Frente Lao para la Construcción Nacional, una agencia estatal bajo el liderazgo del Partido y del Ministerio del Interior que controla las religiones, alabó ampliamente la doctrina y acción de la Iglesia Católica de Laos, y a su vez, desarrolló las ideas expresadas por el Papa Francisco, expresando lo que la nación esperaba de esta Iglesia para el bien común. El Nuncio apostólico Paul Tschang In-Nam, él mismo bien arraigado en la cultura del este asiático, no vaciló en estrechar esta mano extendida, expresando su deseo de que se desarrollen el espíritu de harmonía y colaboración, para que el pueblo de Laos progrese en unidad a pesar de las diferencias religiosas.

El uso de los idiomas fue un signo del carácter profundamente asiático de la celebración y de la Iglesia. Cerca del 75 % de la misma fue en laosiano. El celebrante, por supuesto, habló su inglés filipino; el resto, los idiomas habituales de este pequeño rincón de la cristiandad, oímos khmu, hmong y vietnamita. Para el francés y el italiano, será necesario esperar a las otras celebraciones que tendrán lugar en Europa a su debido tiempo.

¿Y cómo resumir este día tan memorable? He aquí una humilde y pequeñísima Iglesia que se atreve a afirmar públicamente su existencia, su orgullo y su inmenso respeto por los que, en el último siglo, han regado con su sangre la semilla del Evangelio sembrada en terreno laosiano. He aquí una Iglesia que ya no volverá a esconderse, y que encontrará su lugar, cada día más, en el seno de la nación y de toda la cristiandad.